El estado laico en México
Cuentan los abuelos que la población de Zacamulpa nació a finales del siglo XIX, cuando un grupo de indígenas, cansados por la falta de tierras y los malos tratos se mudaron hacia lo alto de una montaña para vivir tranquilos. Zacamulpa, fué su nombre, porque había mucho zacate en ese lugar. El pueblo pasó por muchas inclemencias: la revolución mexicana, las hambrunas de la época y las epidemias de viruela posteriores a la consumación de la revolución.
Es muy probable que estas calamidades no hayan sido registradas en la historia oficial, ya que este pueblo ubicado en el municipio de Huixquilucan en el Estado de México, es realmente pequeño y estuvo aislado por casi cien años, los abuelos que aún viven recuerdan lo duro que fué abrir el primer y único camino que comunica con la ciudad.
Sin embargo, aunque en la historia oficial no haya registro, en la mente de los abuelos y en la tradición oral quedo muy grabado el sufrimiento y la muerte de la población en esas épocas tan dramáticas en la historia de nuestro país.
Además del zacate, por el pueblo siempre a pasado un rio, donde algunas personas aún recuerdan con nostalgia las piletas y los estanques naturales que se formaban, donde podian ir a nadar. Eso no tiene mucho que paso, me contaba un zacamulpeño, a lo más hace 30 años. El monte parecia interminable, las lluvias de temporal formaban cascadas y riachuelos. Los pinos, los ocotes y los capulines crecían por todos lados.
Aún ahora (2011), se pueden ver los montes verdes, cuidados por los guardias forestales, pero la mancha urbana que proviene tanto de la Ciudad de México como de la cabecera municipal de Huixquilucan están haciendo sus estragos.

Figura 1: Panorámica de la cabecera municipal de Huixquilucan, Estado de México
Este tipo de comunidades han sido desbordadas por la creciente necesidad de vivienda que hay en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Los usos y costumbres de la región crearon un caos en la urbanización de la población. Los habitantes originarios de Zacamulpa, heredaron de sus abuelos grandes cantidades de tierra. Las tierras comunales de pronto pasaron a manos de jóvenes necesitados de dinero. Fraccionaron y vendieron la tierra, la mayoría de las veces sin ningún tipo de planificación. Poco a poco, el pueblo que tenía un paisaje rural con casas de adobe y tejamanil, con olor a chile y carbon pasó a ser un laberinto de calles estrechas y casas a medio construir de un gris deprimente entre las empinadas pendientes que caracterizan al Monte de las Cruces.
El primer afectado fué el río. Al crecer la población, la gente comenzó a verter sus desechos en el hermoso río que los proveía de agua. En menos de 10 años, el río quedó muerto, con un olor nauseabundo, lleno de basura y contaminado. Si es que se rescatara no sabemos por cuantas generaciones estaria imposibilitado de sustentar vida.
El siguiente en la lista fué el bosque. Un típico comportamiento de la gente en Zacamulpa es que al comprar su terreno, lo primero que hace es cortar todos los árboles de su propiedad. He visto como cortan árboles posiblemente centenarios sin ningún remordimiento. El verde oscuro del bosque paso a un gris cemento en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora la tierra es cara en Zacamulpa, ya no cualquiera puede comprar un terreno, simplemente se terminaron. Los terrenos que quedan están en lugares aún más complicados, a veces ofrecen lugares en pendientes de casi 60 grados de inclinación. Aún así, la gente sigue comprando y tirando arboles, sin ningún temor, a sabiendas que existe una posibilidad real de derrumbe, como se puede apreciar en la única carretera de doble sentido que llega al lugar.
Este pueblo que conocí hace casi diez años, practicamente ha desaparecido y en su lugar a llegado un slum como cualquier otro en el anillo de miseria que rodea a la Ciudad de México. La misma gente de Zacamulpa no sabe lo que está pasando. No entienden como fué que perdieron el control. El progreso, como lo veían hace algunos años, ahora es motivo de preocupación.
Al recorrer su calle central, donde extrañamente el único lugar de reunión es el auditorio de la iglesia, me encontre con algo perturbador, las oficinas de gobierno de la población. Es un edificio austero, sin ningún concepto arquitectónico, aunque algunos dirían que es funcionalista, yo no lo vería así. Coronado se encuentra una bandera de México desgarrada por la interperie y abajo a la izquierda, en la fachada color melón, una virgen de guadalupe.

Figura 2: Delegación Municipal de Zacamulpa en Huixquilucan, Estado de México
¿Cómo es esto? Le pregunté a mi guía, ¿una virgen en un edificio de gobierno? La respuesta fue clara y tajante: El pueblo decidió poner la imagen de la virgen en la fachada.
Mientras sigo caminando, escuchando el ruido de los camiones de pasajeros que varias veces han asesinado gente de estas poblaciones por su imprudencia y por los cuales han habido varios intentos de linchamiento, me pregunto si valió la pena los millones de mexicanos muertos durante la guerra de independencia, de reforma y de revolución. Si valió la pena el sacrificio por sacar a Maximiliano del país, si al final de cuentas, en una asamblea popular deciden que la historia del país es un mito. Pero tal vez tengan razón, solo un milagro podrá limpiar el río, sanar los bosques y educar a los choferes del transporte público. Solo un milagro pondrá orden al desarrollo urbano de la región y evitará que en pocos años ocurra una tragedia por la inconciente deforestación de las laderas.
¿Qué pasó con el estado mexicano en Zacamulpa y en el país? Pareciera que simplemente no existe. Aún así, decenas de familias recorren las calles del centro de la población tal vez pensando en que mañana será otro día de trabajo y hoy está lloviendo y que si todo sale bien, podrán disfrutar frente al televisor otro capítulo más de su telenovela favorita. Algunos otros, tapados con publicidad de las elecciones locales corren a guarecerse de esta lluvia tupida y fría que cruza los cables de alta tensión que la Comisión Federal de Electricidad tendió hace ya varios años. Otros simplemente me observan extrañados y miran la imagen de la virgen que estoy fotografiando ¿Qué tiene de especial? me preguntan. Nada -les respondo-, lo que pasa es que es la primera vez que veo una figura religiosa en un edificio de un gobierno laico.
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